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La intuición, cómo afecta en nuestras decisiones

Son muchas las decisiones que tomamos al cabo de un día, y muchas más las que aún tenemos por delante en nuestras vidas, sin embargo, en muchas ocasiones no sabemos a qué atenernos para intentar tomar la decisión, si no la correcta, la más acertada. A finales de los años noventa surge, combinando materias como la neurociencia, la economía, la psicología y la biología, una disciplina a la que se le ha dado el nombre de neuroeconomía. Se trata de una nueva disciplina que intenta descifrar el comportamiento del cerebro humano durante el proceso de la toma de decisiones. Es decir, qué nos influye, afecta, motiva, desanima, impulsa o hace retroceder en momentos decisivos de la vida, sobre todo cuando está en juego nuestros propios intereses económicos. Y nos referimos al miedo, fobias, antipatías, prejuicios y sesgos que, unidos a otras características humanas, estudiadas por la psicología, definen hoy la personalidad del ‘homo economicus’.

 

El psicólogo y economista Daniel Kahneman y el economista Vernon Smith demostraron que las decisiones de una persona pueden variar por motivos no estrictamente racionales sino emocionales, pero predecibles. Descubrieron que los humanos no actuamos ni racional ni eficientemente cuando tratamos temas de dinero y que en las decisiones financieras muchas veces suelen incorporarse otros componentes más incontrolables como son los sentimientos y las intuiciones. Por ello, recibieron conjuntamente el premio Nobel de Economía en el año 2002. Los últimos avances de esta nueva disciplina demuestran que la mente y el cuerpo están perfectamente conectados y que ambos participan de los procesos racionales e irracionales.

Sin embargo, la utilización de razonamientos con la información que tenemos disponible, no nos asegura, en ninguno de los casos, una toma de decisiones acertada y el ser humano dispone de recursos propios que tiende a minimizar. Así, Miriam Subirana -Doctora en Bellas Artes por la Universidad de Barcelona, escritora y conferenciante- nos dice que vivimos situaciones y momentos de incertidumbre para los que nadie nos da una receta. Nuestra intuición y la decisión de cada momento nos salvan -o no- de un accidente o nos protegen de una influencia negativa. Con la intuición no entramos en el proceso de analizar, dudar, intelectualizar, cuestionar. Con ella hacemos una valoración rápida y precisa de los hechos y situaciones. Su sabiduría nos ofrece una verdadera guía, que desgraciadamente, a veces rechazamos por seguir nuestra lógica o nuestras creencias. La intuición se siente, se escucha, no se piensa. Muchos de nuestros pensamientos racionales son acerca del pasado, pero la intuición es siempre del momento presente. Cualquier proceso racional para tomar una decisión lleva tiempo y mucha energía del pensamiento pero las decisiones intuitivas son instantáneas y apenas necesitan energía.

Y añade, que esto nos lleva a preguntarnos, si la sabiduría de la intuición en el mismo interior de nuestro ser es real… ¿por qué no la escuchamos, y por qué no nos dejamos guiar por ella? Y cuando la escuchamos, ¿por qué no confiamos en ella fácilmente? La respuesta es sencilla: por nuestra programación racional material. Escuchamos distintas voces: la voz de nuestro rol, de nuestra personalidad; las voces de nuestro pasado, de la opinión de otras personas; la voz de nuestros deseos insatisfechos, la de nuestra lógica racional, la voz de nuestros miedos y preocupaciones, y la voz de nuestra intuición. Disponemos de diferentes canales por los que funciona nuestra mente. Saltamos de un canal a otro sin centrarnos. Estamos dispersos en mucho temas. A veces nos hablan varias voces a la vez ¿Cuál de ellas escuchamos? ¿Cómo decidimos?

Cuando reaccionamos con el piloto automático de nuestros hábitos y costumbres -quejas, rabia, resistencias, falta de aceptación, corrección…- , la intuición no funciona porque, entre otras cosas, no mantenemos la claridad y existe demasiado ruido y movimiento en nuestro interior. Vivimos y trabajamos siempre con mucha información que dificulta ya enormemente la toma de decisiones, y a eso habría que añadir qué muchos de nuestros patrones de comportamiento racional parecen obedecer determinadas anomalías. Una de ellas es la llamada ley de los pequeños números, tendencia que consiste en aceptar estimaciones expresadas en términos de porcentajes, pero sin tomar en consideración el tamaño real de la muestra, como también, la utilización de valoraciones subjetivas de las probabilidades. Otro de estos comportamientos erróneos a la hora de tomar una decisión es el llamado efecto de disponibilidad, el cual hace que se asigne un peso desproporcionado a la información más fácilmente disponible o recordable. A más información, menos posibilidades de elección. Cada día tomamos decisiones sobre asuntos importantes de nuestra vida, pero desafortunadamente, a veces, nos equivocamos. Como seres humanos, nos dejamos llevar por una serie de percepciones erróneas que nos inducen al desacierto.

Estamos programados para creer que la vida es un viaje y un proceso lineal, racional y físico. Y que nuestro pensar debe guiarse y medirse con las teorías racionales de otros, sus fórmulas y modelos (educación). Así nos perdemos en el pensamiento y negamos nuestro acceso a esa sabiduría interna, que reside en todos nosotros. Albert Einstein decía que ‘la mente intuitiva es un regalo y la racional un sirviente, nuestra sociedad honra al sirviente y ha olvidado el regalo’. Miriam Subirana añade, que como resultado a esto, se percibe falta de sabiduría en nuestro mundo actual, carencia de amor real en nuestras relaciones y a menudo vivimos unas vidas diseñadas utilitariamente, sin que nuestra alma esté en ellas, son funcionales y sin la chispa de alegría y del disfrute diario.

 

Cada vez, más directivos de empresas se atreven a reconocer que determinadas decisiones importantes en sus empresas como la puesta en marcha de una nueva línea de negocio o la decisión de introducir su producto en un determinado mercado internacional, se ha llevado a cabo siguiendo una intuición. Y es que, la innovación empresarial, tan proclamada en épocas de crisis, como la que actualmente estamos atravesando, le debe mucho a la intuición, ya que en momentos de complejidad e incertidumbre las oportunidades pueden surgir siguiendo una intuición, haciendo, como dice el refrán, de la necesidad una virtud y ser capaz de asumir unos riesgos, que por otro lado, nuestra razón nunca nos dejaría llevar a cabo.

Es importante, no obstante, saber diferenciar entre un impulso y una intuición. Miriam Subirana, nos aclara que el impulso puede estar influido por hábitos, deseos o emociones pasajeras, sin embargo, la intuición surge de la sabiduría interior y pocos han desarrollado esta facultad intuitiva. Nuestra educación está casi totalmente enfocada en la memoria, procesos de la razón y estructuras de racionalidad. A nivel mental, esto comporta mucho ruido. Una mente que piensa constantemente es una mente ruidosa, distraída y es incapaz de escuchar y de percibir las señales que vienen de nuestro interior.

Es necesario alinear razón e intuición, mente y corazón, para reajustar las energías dispersas, despertar nuestro poder interior y centrarnos. Meditando sintonizamos con el centro de nuestro ser. La meditación nos ayuda a crear el hábito de responder desde la serenidad siendo conscientes y desactivando ese piloto automático.

La intuición es un canal directo de comunicación con el interior. Proviene del corazón del ser. Es la capacidad que tenemos de saber algo sin una base lógica. Sabes algo sin saber cómo lo sabes, lo intuyes y aciertas. Nos abre un nuevo canal de información que nos permite estar más en contacto con nuestro ser y con todo lo que nos rodea.

Ha tenido una experiencia intuitiva cuando ha accedido a una información que no es ‘suya’, es decir, cuando sabe algo que nunca ha aprendido, descubierto, experimentado o vivido conscientemente y, al parecer, esa información es correcta. Lo que frena su expresión es la cabeza, la parte lógica y racional. Nuestra lógica es limitada. Intentamos ir en línea recta, cuando las únicas líneas rectas que existen en el universo son las que ha creado el hombre.

Las creencias limitadoras, como por ejemplo ‘no puedo, ‘no cambiará’, ‘es imposible’, bloquean y no permiten escuchar su intuición. Tendemos a negar nuestras posibilidades y a limitar nuestro potencial. En un mundo donde aprendemos a tapar, esconder, proteger, defender y atacar, construimos barreras a nuestro alrededor y en nosotros mismos de forma que nuestro sentido intuitivo tiene más dificultades para realizar su trabajo.

El verdadero significado de in-tui-ción es ‘tutora interna’, es nuestra mentora y nuestra guía, nos dice Miriam, y continúa explicando que utilizamos la intuición para acceder a un nivel de conciencia diferente del que mantiene el problema. Nuestra intuición es clave para nuestra creatividad.

A la capacidad de utilizar y entender el idioma creativo interior la llamamos intuición. Una intuición segura y que se manifieste al menos con relativa frecuencia implica y presupone un sólido desarrollo intelectual y espiritual, así como madurez e inteligencia emocional. De lo contrario, puede divagar hasta la región de la fantasía.

Llegar a ser realmente intuitivo es el resultado de un largo y persistente esfuerzo evolutivo que presupone un gran desarrollo personal, espiritual, mental, intelectual y emocional previo. Estar en espacios no habituales favorece escuchar la intuición. En esos espacios no hay rótulos, estás fuera de la rutina y en una ruta que no has transitado antes. Una intuición, si la sigues, en cuanto aparece es suave. Si la reprimes, cuando por fin se expresa puede aparecer en forma de impulso apasionado, compulsivo e incluso puede llegar a ser destructivo. No hacer caso a las intuiciones es como ponerse de espaldas a la vida.

Fuentes:  Diario El Comercio y El País Semanal

 

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